Artículo de Chusa Pérez. Investigadora de la Universidad de Córdoba.
Elaborado a raíz de una visita de trabajo a productores de Subbética Ecológica.
Elaborado a raíz de una visita de trabajo a productores de Subbética Ecológica.
Algunas fotos realizadas durante su visita.
¿Qué pasa en el campo? Pasa que
hay gente que está trabajando por un cambio.
Con la entrada de la industrialización
a partir de la segunda mitad del S.XX, responsable del éxodo rural, y la
aparición de la Revolución Verde en los años 70, el concepto de agricultura
se ha alejado de su definición: “el arte de cultivar la tierra”. Ahora
las prácticas agrícolas se limitan a la producción de materias primas en masa,
en grandes superficies de monocultivos en las que priman los altos rendimientos
al menor coste posible. Menor coste en términos económicos, claro, porque si
hablamos en términos ambientales y sociales, el coste está siendo tremendamente
alto.
La
persecución de la máxima productividad en los cultivos provoca, por un lado, el
uso desmesurado de insumos químicos, cuyas consecuencias negativas en la salud
de los ecosistemas y en la salud humana son evidentes; y por otro, la
desaparición de los “artistas del cultivo de la tierra”, pequeños y medianos
agricultores que debido a los altos costes de producción y a los bajos precios
que obtienen en el mercado por sus productos, se ven incapaces de competir con
las grandes superficies y obligados a abandonar el campo para buscar un medio
de vida alternativo que les permita sobrevivir.
¿Cómo
es posible que a un productor le paguen 20 céntimos por un kilo de manzanas, y
el consumidor lo compre a 1,20, 1,30 ó 2 euros en la tienda? ¿Quién se
beneficia aquí? Desde luego los productores no, pero tampoco los consumidores.
¿Cómo pueden competir los pequeños agricultores con el mercado global, en el
que han dejado de ser protagonistas y eslabón fundamental de la cadena de
alimentación, a ser meras marionetas en manos de las grandes cadenas de
distribución y comercialización acaparadoras de poder, que imponen unos precios
imposibles en los que el beneficio se lo lleva el más grande? ¿Qué podemos
hacer para evitar el abandono total del campo? ¿Cómo podemos estar paralizados
sin reaccionar ante la pérdida de la riqueza territorial y cultural de nuestros
pueblos?
Éstas
son las cuestiones que me rondaban la cabeza cuando me introduje en el mundo de
la Agroecología, y me encontré
con que sí podemos hacer algo: la solución está en la articulación entre
productores y consumidores, la compra- venta de alimentos sin intermediarios,
los llamados canales cortos de comercialización en los que se respetan
los tres aspectos de sostenibilidad del sistema agroalimentario: ambiental,
económico y social.
Gracias a personas como Rafael Luque y José Luis Granados,
productores ecológicos de la asociación de productores y consumidores
“Subbética Ecológica” con los que he tenido el placer de charlar, me doy cuenta
de que, motivados por un aspecto u otro, al final el resultado es el mismo:
agricultores orgullosos de su labor, en la que prima siempre el culto,
conocimiento y cuidado de la tierra en detrimento de la sobreexplotación de los
recursos; orgullosos de poder ofrecer a sus consumidores un producto de calidad
y sano a precios más que asequibles; trabajadores que ven recompensado su
esfuerzo cuando reciben un precio justo por sus productos, que les permite
obtener una renta digna y en consecuencia, a no sentirse obligados a abandonar
la actividad que durante generaciones ha constituido el medio de vida de sus
familias; recuperadores de variedades locales y conocimiento tradicional en el
manejo de los cultivos; pioneros en la creación de un modelo de resistencia al
mercado global, allanadores de un camino que hoy en día presenta dificultades y
no deja de provocar reticencias en algunos sectores de la población, pero que
poco a poco, y gracias al esfuerzo de cooperativas como Subbética Ecológica y a
todas las personas que luchan dentro de ellas, será contemplado como la única
vía de escape ante la actual crisis agrícola y alimentaria.
Gracias por vuestra
implicación y compromiso.
Sin agricultura, nada.
Sin agricultura, nada.
Muy acertado el artículo. Si, el modelo es viable como está demostrando. La huerta, los campos, los animales son el origen de nuestros alimentos. Éstos son sanos porque no usan química de síntesis en su generación, así que crecen a su amor, combinándose con los insectos y otras plantas. No dañan al hortelano, ni al agricultor, ni tampoco al ganadero. Al contrario les da las ganancias suficientes para una vida digna. Son sanos para los miembros de la asociación porque comemos lo que hay en la temporada, de manera que vamos acorde con la naturaleza de modo que nos protegemos de enfermedades carenciales o por exceso, éstas últimas muy frecuentes entre la población alimentada de manera industrial.
ResponderSuprimirGracias por tu aportación.
saludos