sábado, 11 de agosto de 2012

Huerta y Poesía: La Sandía

Por Isabel Montes

En plena canícula, traigo, lo confieso, una de mis poesías favoritas, por descontado de mi autor favorito. Para rematar, la protagonista, es mi fruta favorita.
Considero esta “huerta y poesía” muy bien traída, ahora que empieza en las huertas de la Subbética la temporada de este producto, observemos cómo, de manera magistral, Neruda nos hace sentir sed profunda, y cuando ella, “la ballena verde del verano” “cofre del agua” o la “fresca luz que se deslíe en manantial” aparece, la apaga por completo.
El árbol del verano
intenso,
invulnerable,
es todo cielo azul,
sol amarillo,
cansancio a goterones,
es una espada
sobre los caminos,
un zapato quemado
en las ciudades:
la claridad, el mundo
nos agobian,
nos pegan
en los ojos
con polvareda,
con súbitos golpes de oro,
nos acosan
los pies
con espinitas,
con piedras calurosas
y la boca
sufre
más que todos los dedos:
tienen sed
la garganta,
la dentadura,
los labios y la lengua:
queremos
beber las cataratas,
la noche azul,
el polo,
y entonces
cruza el cielo
el mas fresco de todos
los planetas,
la redonda, suprema
y celestial sandía,

Es la fruta del árbol de la sed.
Es la ballena verde del verano.

El universo seco
de pronto
tachonado
por este firmamento de frescura
deja caer
la fruta
rebosante:
Se abren sus hemisferios
mostrando una bandera
verde, blanca, escarlata,
que se disuelve
en cascada, en azúcar,
 en delicia!

Cofre del agua, plácida
reina
de la frutería,
bodega
de la profundidad, luna
terrestre!

Oh pura
en tu abundancia
se deshacen rubíes
y uno
quisiera
morderte
hundiendo
en ti
la cara,
el pelo,
el alma!
Te divisamos
en la sed
como
mina o montaña
de espléndido alimento,
pero
te conviertes
entre la dentadura y el deseo
en solo
fresca luz
que se deslíe
en manantial
que nos tocó
cantando,
Y así
no pesas
en la siesta
abrasadora,
no pesas,
solo
pasas
y tu gran corazón de brasa fría
se convirtió en el agua
de una gota.

ODA A LA SANDIA – Pablo Neruda.

Me he permitido también aportar una foto de mi  hortelano favorito, mi padre, fallecido hace dos años: cercano a los 77 años, posa en su huerta, bajo la higuera y, a sus pies, una de sus últimas cosechas de sandías.



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