lunes, 5 de agosto de 2013

Huerta y Poesía: EL VERANO Y EL SUDOR

Por Isabel Montes

En plena canícula, andaba yo “haciendo almanaques” (utilizando una de las locuciones favoritas de mi amiga Pepi), sobre qué poesía podría encajar este mes en esta sección. 
No encontraba ninguna que se refiriese a algún producto de temporada, aún cuando es la huerta de verano la más prolífica: ajos, berenjenas, calabacines (cocos en Cabra), cebolleta, habichuelillas, lechugas, melones, pepinos, pimientos, tomates, sandias….y un largo etcétera que hacen las delicias de nuestros paladares. 
Al máximo de su producción, pensaba, nuestras huertas requieren una atención constante, y el calor propio de esta época hace más dura cualquier actividad, obligando al hortelano a un mayor esfuerzo físico. Entonces se me ocurrió traer la siguiente poesía, que pretende reclamar dignidad para los trabajadores agrícolas y también, por extensión, para todos los trabajadores que ofrecen su sudor a cambio de “buenos frutos” para la comunidad.

EL SUDOR

En el mar halla el agua su paraíso ansiado
y el sudor su horizonte, su fragor, su plumaje.
El sudor es un árbol desbordante y salado,
un voraz oleaje.
Llega desde la edad del mundo más remota
a ofrecer a la tierra su copa sacudida,
a sustentar la sed y la sal gota a gota,
a iluminar la vida.
Hijo del movimiento, primo del sol, hermano
de la lágrima, deja rodando por las eras,
del abril al octubre, del invierno al verano,
áureas enredaderas.
Cuando los campesinos van por la madrugada
a favor de la esteva removiendo el reposo,
se visten una blusa silenciosa y dorada
de sudor silencioso.
Vestidura de oro de los trabajadores,
adorno de las manos como de las pupilas.
por la atmósfera esparce sus fecundos olores
una lluvia de axilas.
El sabor de la tierra se enriquece y madura:
caen los copos del llanto laborioso y oliente,
maná de los varones y de la agricultura,
bebida de mi frente.
Los que no habéis sudado jamás, los que andáis yertos
en el ocio sin brazos, sin música, sin poros,
no usaréis la corona de los poros abiertos
ni el poder de los toros.
Viviréis maloliendo, moriréis apagados: 
la encendida hermosura reside en los talones
de los cuerpos que mueven sus miembros trabajados
cómo constelaciones.
Entregad al trabajo, compañeros, las frentes:
que el sudor, con su espada de sabrosos cristales,
con sus lentos diluvios, os hará transparentes,
venturosos, iguales.
Miguel Hernández

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